1974: DE SEVILLA A AMSTERDAM: EL FRACASO DEL IMPERIO.
(Capítulo 4 de El Moderno Sistema Mundial, I, de Immanuel Wallerstein. Digitalizado a partir de la edición en castellano de Siglo XXI editores, 1979. Traducción de Antonio Resines)
(viene de pag. anterior)
Estamos hablando en realidad de un área relativamente pequeña, "un pequeño cuadrilátero urbano constituido por Venecia, Milán, Génova y Florencia, con sus conflictos y rivalidad entre ciudades, todo ello influido siempre por la importancia relativa alcanzada en determinado momento por cada una de ellas..." (37). El problema político para estas ciudades-Estado (como para las de Flandes) había sido desde largo tiempo atrás "[emanciparse] de la interferencia feudal y [al mismo tiempo mantener] a raya a la más reciente amenaza de un control político más centralizado representado por los nuevos monarcas" (38). Una de las formas de mantener apartadas a las monarquías era la de estar ligadas a un imperio (39). De modo que, aunque Gino Luzzatto describe lo que pasó entre 1530 y 1539 como la caída de Italia bajo la "directa o indirecta dominación de España sobre la mayor parte de la península" (40), y Paul Coles dice, de manera similar, que "el tema dominante de la historia internacional en la primer mitad del siglo XVI fue la lucha por Italia entre el imperialismo francés y el español" (41), no queda claro que las ciudades- Estado se resistieran excesivamente a esta forma de "dominación". Posiblemente podrían haberla considerado su mejor alternativa. Debemos recordar que se trataba de una economía-mundo y que los focos de actividad económica y las "nacionalidades" de los grupos económicos clave no estaban relacionados de forma biunívoca con los centros de decisión política. En tal marco, la conexión entre las ciudades-Estado y el imperio fue primariamente un "matrimonio de conveniencia" (42). En el que, además, la metáfora se hizo realidad. Ruth Pike señala que el mayor aumento del número de genoveses en Sevilla ocurre entre 1503 y 1530, y que para mediados de siglo "controlaban en gran medida el comercio americano y ejercían una poderosa influencia sobre la vida económica en Sevilla" (43). No obstante, como habían hecho los portugueses con una anterior oleada de genoveses, os españoles los disolvieron por absorción: "Con la naturalización venían la estabilidad y la asimilación, lo cual en la España del siglo XVI no podía llevar más que al abandono del comercio por sus descendientes" (44).
Además de controlar tres de las cuatro principales ciudades-Estado italianas (Venecia permanecía fuera de su dominio), el imperio de Carlos V tenía otros dos pilares económicos: las casas de banqueros mercantiles del sur de Alemania (en particular los Fugger) y el gran mercado de la economía-mundo europea del "primer" siglo XVI, Amberes.
La situación de las ciudades comerciales del sur de Alemania, al otro lado de los Alpes, no era en realidad demasiado diferente a la de las del norte de Italia. R. S. López, por ejemplo, señala que: "En el siglo XV la región que avanza más rápidamente cubre las ciudades del sur de Alemania y Suiza" (45). De 1460 hasta alrededor de 1500 o 1510 la minería de plata creció a un ritmo muy rápido en la Europa central, suministrando aún otra fuente de poder económico (46). La expansión de l comercio del siglo XVI sólo pareció reforzar el papel alemán como canal del comercio dentre el norte de Italia y Flandes (47). Al principio, ni siquiera el crecimiento del comercio atlántico y la relativa declinación del comercio mediterráneo pareció afectar a su prosperidad económica, especialmente una vez que pudieron participar de los beneficios del comercio atlántico en el marco del imperio de los Habsburgo (48).
Esta fue la era del florecimiento de los más espectaculares de todos los capitalistas mercantiles modernos, los Fugger (49). Los Fugger compraron a Carlos V su trono imperial. Eran el eje central financiero de su imperio, sus banqueros personales por excelencia. Un cronista contemporáneo suyo, Clemens Sender, dijo de ellos:
Los nombres de Jacob Fugger y sus sobrinos son conocidos en todos los reinos y tierras; sí, incluso entre los paganos. Emperadores, reyes, príncipes y señores han tratado con él, el Papa le ha saludado llamándole su hijo amado y le ha abrazado, y los cardenales se han puesto en pie en su presencia. Todos los comerciantes del mundo le han llamado un hombre ilustrado, y todos los paganos se han maravillado de él. Es la gloria de toda Alemania (50).
Los Fugger y Carlos se dieron mutuamente poder y apoyo. Pero esto también significó que subieron y cayeron juntos. Porque en realidad, la actividad de los Fugger estaba "limitada a los confines del imperio de Carlos y era internacional sólo en la medida [...] en que un imperio puede ser considerado internacional [...]" (51). Cuando Carlos y sus sucesores no podían pagar, los Fugger no podían ganar. Al final, las pérdidas totales de los Fugger por deudas impagadas de los Habsburgo hasta mediados del siglo XVII "se pueden valorar sin exageración alguna en ocho millones de florines renanos" (52).
Pero incluso más importante que el norte de Italia o que los Fugger fue Amberes, que "jugó un papel fundamental en la vida económica del siglo XVI" (53). J. A. van Houtte ha seguido la pista a la gran diferencia entre Brujas, en el siglo XIV, un centro de mercado "nacional" (es decir, fundamentalmente para Flandes) y Amberes en el siglo XVI, un centro "internacional" de mercado, que ligaba a los comercios del Mediterráneo y del Báltico con el comercio transcontinental a través de Alemania meridional (54). No sólo coordinaba Amberes gran parte del comercio internacional del imperio de los Habsburgo, sino que era también el eslabón por medio del cual tanto Inglaterra como Portugal estaban ligadas a la economía-mundo europea (55). Constituía entre otras cosas el mercado obligado [staple] de las exportaciones inglesas (56). Si podía jugar este papel, a pesar de que el comercio anglo-italiano, por ejemplo, hubiera sido menos costoso de haber transitado por Hamburgo, era precisamente porque ofrecía a los comerciantes la multitud de ventajas colaterales que sólo un mercado imperial de tal categoría podía ofrecer (57).
Además, en esta época, Amberes se convirtió en el supremo mercado monetario de Europa, "a causa principalmente de la creciente demanda de créditos a corto plazo, ocasionada fundamentalmente por la política mundial del emperador Carlos V [...]" (58). Amberes no sólo sirvió como bolsa de valores del imperio; la propia ciudad como colectividad se convirtió en uno de los principales acreedores de Carlos (59). Dado que los imperios carecían de una base imponible firme, encontraban difícil obtener el tipo de crédito que los Estados modernos consiguen con relativa facilidad. Un imperio del siglo XVI tenía crédito en la medida en lo que tuviera su soberano (60). Así, éste tenía que dirigirse a las ciudades, como "centros de riqueza pública" (61), para garantizar sus préstamos. Pero también las ciudades tenían un crédito limitado y a su vez necesitaban la garantía de alguna gran casa como los Fugger, como ilustra este párrafo de Lonchay:
El crédito de las ciudades, como el de las provincias, como el de los receptores, era limitado. Por eso algunos financieros exigían la garantía de una casa comercial solvente, preferiblemente la de algún gran banco, antes de aceptar l concesión de un crédito al gobierno. Así, en 1555 los comerciantes solicitaron como garantía de un préstamo de 2000.000 libras cartas de pago de los Estados o el "aval" de los Fugger. María de Hungría solicitó a Ortel, el comisionado de aquella casa, que diera su aprobación, y prometió darle a cambio una contragarantía del ingreso procedente de los impuestos [le produit des aides] (62).
Así, Carlos V, Castilla, Amberes, los Fugger, estaban todos implicados en una gigantesca operación de crédito sobre crédito, un castillo de naipes con el cebo de unas ganancias basadas tan sólo en la esperanza y el optimismo.
De la década de 1530 en adelante, el creciente comercio transatlántico dio a Amberes una nueva fase de expansión (63). La combinación de los dos focos de expansión comercial -el compromiso transcontinental en el que eran tan centrales los mercaderes del sur de Alemania, y el comercio atlántico de los españoles (cum genoveses), unidos en el mercado de Amberes, que era también un mercado monetario-- creó la atmósfera de un "febril boom capitalista" (64). Este boom tenía su propia dinámica, que desbordó el marco político administrativo del putativo imperio-mundo de los Habsburgo. Presionados por las increíbles tensiones financieras causadas por las crisis social que arrasaba las Alemanias y por los gastos militares resultantes del deseo de englobar el resto de Europa, tenían que ir a la bancarrota el imperio o las fuerzas capitalistas. Resultaron ser más fuertes estas -últimas. Repasemos las dos tensiones bajo las que operaba el imperio.
En términos políticos, el período 1450-1500 fue un tiempo de "consolidación de los principados" en Alemania, una tarea difícil pero que en parte tuvo éxito. Geoffrey Barraclough escribe: "Los príncipes [...] sacaron a Alemania de su heredada anarquía [...]" (65). La consolidación fue, no obstante, excesivamente parcial. Cuando la Reforma y la guerra de los campesinos en 1525 llegaron para perturbar la nueva prosperidad, las divisiones políticas hicieron imposible evitar los disturbios, como otros países pudieron hacer en aquellos tiempos (66). El fracaso de la "nación" alemana ha sido explicado de diversas formas. Napoleón dijo una vez que fue culpa de Carlos V, al no colocarse a la cabeza del protestantismo alemán (67). Engels argumentó extensamente que fue el miedo de Lutero y la clase media a las aspiraciones revolucionarias del campesinado (68). Tawney ha señalado el contraste con Inglaterra, donde los campesinos (esto es, los yeomen) encontraron aliados significativos en otras clases, y fueron considerados suficientemente importantes "como para ser objeto de solicitud por parte de los hombres de Estado preocupados por los intereses nacionales" (69).
¿Qué causó la crisis social, con sus cualidades políticamente autodestructivas, no demasiado diferentes en cuanto a sus consecuencias del sometimiento directo que sufrieron grandes partes de Italia? Probablemente el mismo factor: la falta de una unidad política previa, es decir, la ausencia de un aparato de Estado incluso en embrión. "Alemania" a principios del siglo XVI es un excelente ejemplo de cuán profundamente disolvente puede ser el sentimiento "nacionalista" si precede a la existencia de una entidad administrativa en lugar de crecer dentro de ella. Carlos V no podía encabezar el protestantismo alemán porque tenía entre manos un imperio. Los hombres de Estado alemanes no podían tomar en consideración las necesidades de los yeomen dentro del marco de los intereses nacionales en una situación en la que no existía ningún Estado que pudiera traducir cualquier compromiso político al que se pudiera llegar. Los hombres se dirigieron a las arenas políticas en las que podían lograr sus fines. Estas eran los principados, y dado que éstos eran demasiado pequeños para resultar económicamente significativos, buscaron benefactores exteriores. Los resultados fueron el desconcierto y el desastre.
El momento crítico parecen haber sido los primeros años de gobierno de Carlos V. De forma un tanto dramática pero no menos persuasiva, A. J. P. Taylor argumenta:
Los primeros años de Carlos V fueron el momento de la frase de Goethe según la cual la eternidad, una vez perdida, jamás nos es devuelta. La oportunidad de crear una Alemania de clase media nacional se perdió en 1521; tal vez para siempre, desde luego, por muchos siglos. Hacia 1525 resultaba evidente que el período de despertar nacional había pasado, y desde aquel momento empezó un continuo avance hacia el absolutismo y el autoritarismo que continuó sin interrupción durante más de doscientos cincuenta años [...] (70).
En cualquier caso la agitación continuó en forma muy acusada hasta el tratado de Augsburgo de 1555 y su solución de una Alemania dividida basada en el principio cuius regio eius religio. Tampoco terminaría ni siquiera entonces la agitación. A principios del siglo XVII, Alemania se convertiría en el campo de batalla de la guerra de los Treinta Años y sufriría una severa regresión, tanto demográfica como económicamente.
La agitación social de las Alemanias era, no obstante, sólo uno de los problemas de Carlos V, y quizás no el mayor. Resultaba evidentemente insuficiente para explicar el hundimiento de su imperio. ¿Por qué entonces éste se dividió? ¿Por qué se vio reducido en última instancia esencialmente a España más la América española? ¿Y por qué España perdió su preeminencia convirtiéndose en parte de la semiperiferia de Europa? Pierre Chaunu considera el ascenso de la importancia económica de la América española, su centralidad respecto a la vida económica del imperio de los Habsburgo, y de hecho de toda Europa, no como "la consecuencia sino [como] la causa de la partición de los Estados de Carlos V" (71). J. H. Elliot y Ramón Carande argumentan, de forma similar, que el imperialismo europeo de Carlos V llegó a ser indebidamente costoso para España, especialmente para Castilla (72). De hecho, Braudel argumenta que incluso el imperio en su forma reducida (España y los Países Bajos, sin Europa central), acabaría resultando "excesivamente vasto" en términos de su capacidad para mantener su cabeza financiera fuera del agua, dada la enorme inflación de precios (73). El argumento parece ser que las prolongaciones políticas son en los momentos de inflación una carga financiera superior a su valor como fuentes de ingresos, especialmente, tal vez en esta etapa inicial del capitalismo (74). España era u imperio, cuando los que hacía falta en el siglo XVI era un Estado de tamaño medio. Su burocracia resultaba inadecuada, porque la España imperial requería una burocracia mayor de la que podía construir dados sus recursos, humanos y financieros. Esta es la causa fundamental de los que los historiadores han llamado las "lentitudes" de la burocracia española (75).
Notas:
(37) Braudel, La Méditerranée, I, p. 354.
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(38) C. H. Wilson, Cambridge Economic History of Europe, IV, p. 492.
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(39) Henri Pirenne señala el proceso en dos etapas de la emancipación de algunas de las ciudades: "Una república municipal no disfrutaba, de hecho, de absoluta independencia cuando había suprimido su fidelidad al señor inmediato. Sólo escapaba al poder del conde o del obispo poniéndose bajo el poder directo de un soberano más alto. Las ciudades alemanas sólo eran libres en el sentido de que cambiaban la autoridad próxima y muy activa de su señor por la autoridad distante y muy débil del emperador". Early democracies in the Low Countries, Nueva York, Norton, 1971, p. 183.
Las consecuencias para la creación de Estados fuertes fueron claras: "Mientras que en Francia e Inglaterra el Estado moderno tuvo sus principales adversarios en los grandes nobles, en los Países Bajos fueron las ciudades las que obstaculizaron su progreso" (p. 187).
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(40) Gino Luzzatto, Storia economica dell’età moderna e contemporanea, I, L’età moderna, Padua, CEDAM, 1955, p. 116. Añade: "Sólo Venecia permaneció independiente en Italia, pero estaba inmovilizada por la cada vez más seria presión de los turcos" (p. 117). Por otra parte, Domenico Sella piensa que "Venecia encontró su fortuna en la crisis que golpeó a las otras ciudades de la península" Annales ESC, XII, p. 36.
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(41) Coles, Past and Present, 11, p. 41.
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(42) "El imperialismo del siglo XVI en Italia suponía más que la conquista militar inicial. Era necesaria una medida de compensación económica a las repúblicas italianas por la pérdida de la independencia política, y esto resultaba especialmente urgente en el caso de Génova, cuyos ciudadanos estaban ansiosos de reparar las pérdidas ocasionadas por la contracción del comercio con el Levante. España, a través de sus posesiones el Nuevo Mundo y más tarde en Flandes, estaba admirablemente dotada para proporcionar una compensación de esta especie. La historia de las relaciones entre España y los Estados italianos en el siglo XVI es básicamente la de un matrimonio de conveniencia: la Corona española se aprovecha políticamente de Italia, los hombres de negocios italianos se aprovechan económicamente de España" (ibid., p. 41). Véanse sus referencias en la n. 57, pp. 46-47.
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(43) Ruth Pike, Journal of Economic History, XXII, p. 370.
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(45) López, Cambridge Economic History of Europe, II, p. 349.
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(46) Véase John U. Nef, "Silver production in central Europe, 1450-1618", Journal of Political Economy, XLIX, 4, agosto de 1941, pp. 575-591. Sobre los lazos entre el papel de los alemanes meridionales en los nuevos mundos coloniales de España y Portugal y los procedimientos industriales en el sur de Alemania, véase Jacob Streider, "Origin and evolution of early European capitalism", Journal of Economic and Business History, II, 1, noviembre de 1929, p. 18.
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(47) "A lo largo de la mayor parte del siglo XVI, Flandes y el norte de Italia fueron las dos principales áreas de actividad industrial y comercial de Europa, y el contacto entre ellas resultaba esencial para la prosperidad de ambas [...] Excepto para bienes muy masivos [las] rutas terrestres tenían muchas ventajas [...] El floreciente comercio transalpino entre el norte de Italia y el sur de Alemania no sobrevivió por mucho tiempo al siglo XVI". Parry, Cambridge Economic History of Europe, IV, página 185.
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(48) Gerald Strauss dice respecto a la reacción de los mercaderes alemanes a la reorientación geográfica de su contenido: "Se ajustaron a este cambio intensificando sus antiguas conexiones con estos centros del tráfico europeo [Amberes y Lisboa]. Durante medio siglo, aproximadamente después de 1500, el nuevo comercio aceleró el comercio internacional de Nuremberg y Augsburgo y otras ciudades, y compensó más que sobradamente la rápida decadencia del comercio de acarreo transalpino del que anteriormente habían dependido". Nuremberg in the sixteenth century, Nueva York, Wiley, 1966, p. 148. Parry, al que acabamos de citar, parece pensar que no hubo una "rápida decadencia" hasta un siglo más tarde. Sin embargo ambos autores concuerdan en que, al menos hasta 1550, el comercio era floreciente en el sur de Alemania. Véase también Streider, Journal of Economic and Business History, pp. 14-15.
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(49) Véase Richard Ehrenberg, Capital and finance, pp. 74-79.
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(51) Lublinskaya, French absolutism, p. 8.
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(52) Ehrenberg, Capital and finance, p. 131.
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(53) Emile Coornaert, "La genèse du système capitaliste: grand capitalisme et économie traditionelle au XVIe siècle", Annales d’Histoire Economique et Sociale, VIII, 1936, p. 127.
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(54) Véase J. A. van Houtte, "Bruges et Anvers: marchés "nationaux" ou "internationaux" du XIVe au XVIe siècles", Revue du Nord, XXXIV, 1952, páginas 89-108. Hermann van der Wee: "La emergencia de Amberes como metrópoli comercial de Europa occidental y el crecimiento del comercio transcontinental centrado en la Alemania central estuvieron vinculados inseparablemente". The growth of the Antwerp market and the European economy, La Haya, Nijhoff, 1963, II, p. 119. Sostiene que esto ocurre hacia 1493-1520, y que consiguientemente los alemanes meridionales se pusieron "comercialmente a la cabeza" de Amberes durante la primera mitad del siglo XVI (p. 131). Véase Pierre Jeannin: "El comercio terrestre de Amberes en el siglo XVI alcanzó una importancia igual, si no superior, a la del comercio marítimo". Vierteljahrschrift für Sozial- und Wirtschaftgeschichte, XLIII, p. 198. Véase Ehrenberg, Capital and finance, pp. 112-113.
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(55) "El comercio de paño inglés tuvo un impacto decisivo en la prosperidad de Amberes. Su curva coincide con la del desarrollo general del mercado de Amberes [...] Portugueses, alemanes meridionales e ingleses constituyeron los tres pilares del comercio mundial de Amberes". J. A. van Houtte, "Anvers aux XVe et XVIe siècles: expansion et apogée", Annales ESC, XVI, 2, marzo-abril de 1961, pp 258, 260.
Véase Philip de Vries: "Al comienzo del siglo XVI, Inglaterra constituía [...] una unidad económica junto con los países de herencia borgoñona de los Habsburgo, unidad cuyos centros financieros e industriales eran Amberes y Flandes". "L’animosité anglo-hollandaise au XVIIe siècle", Annales ESC, V, 1, enero-marzo de 1950, p. 43.
Por otra parte, la rivalidad imperial dañó las relaciones económicas de Amberes con Francia. "De forma bastante natural, el comercio de Amberes con Lyon, y particularmente sus exportaciones de especias portuguesas, se vieron severamente afectados". Van der Wee, The growth of the Antwerp market an the European economy, II, p. 144.
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(56) Jan Craeybeckx define así el concepto de mercado obligado [staple]: "Quien se interese más en la realidad que en las distinciones abstractas concederá de buen grado que el staple constituía ante todo un mercado. Sólo un mercado [market] de cierta importancia podía aspirar a hacer obligatorio su "mercado" [staple] ya obligar a los comerciantes a someterse a sus reglas [...] Los privilegios, que sólo unas pocas ciudades podían ofrecer, no eran por tanto lo esencial. Cualquier ciudad que tuviera un mercado o "staple" (en el sentido restringido del término) capaz de imponer su dominación, de jure o de facto, en una región más o menos extensa, debería ser considerada un mercado obligado". «Quelques grands marchés de vins français dans les anciens Pays-Bas et dans le nord de la France à la fin du Moyen Age et au XVe siècle: contribution à I'étude de la notion d'étape», Studi in onore di Armando Sapori, II, Milán, Istituto Edit. Cisalpino, 1957, p. 819.
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(57) Véase Wilfrid Brulez, «Les routes commerciales d'Angleterre en Italie au XVe siècle», Studi in onore di Amintore Fanfani, VI, Evo moderno, Milán, Dott. A. Giuffrè, 1962, pp. 181-184.
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(58) Van der Wee, The growth of the Antwerp market and the European economy, II, p. 362. Sostiene que, pese a una relativa decadencia en años posteriores, "el mercado monetario de Amberes continuó siendo el centro estratégico de las finanzas de los Habsburgo incluso a comienzo de la década de los cincuenta" (p. 206).
El capital fluía por medio de arbitraje entre Amberes, Venecia, Lyon, Piacenza, Florencia, Sevilla y Ruán. Véase José-Gentil da Silva, «Trafics du nord, marchés du "Mezzogiorno", finances génoises: recherches et documents sur la conjoncture à la fin du XVe siècle», Revue du Nord, XLI, 1959, página 140.
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(59) Véase Fernand Braudel, «Les emprunts de Charles Quint sur la place d'Anvers», Charles Quint el son temps (Colloques Internationaux du CNRS, París, 30 de septiembre-3 de octubre de 1958), París, CNRS, 1959, páginas 197-198.
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(60) «A causa del desarrollo de la riqueza en general, los Estados disfrutan hoy de un crédito casi ilimitado. Una nación, es decir, una nación productiva, obtiene dinero fácilmente [...]
»Oferta pública, facilidad, rapidez, son las características de los préstamos obtenidos por los Estados modernos. En el siglo XVI era diferente. A causa de la escasez de capital y de su dispersión, la alta finanza tan sólo ofrecía sus servicios a un precio oneroso para el receptor del préstamo; la falta de conocimiento sobre los recursos del país la hacían desconfiar del soberano. No hacía distinción entre el jefe del Estado y la persona del príncipe, o si se quiere, entre el rey y una persona privada». H. Lonchay, «Etude sur les emprunts des souverains belges au XVIe et au XVIIe siècles», Academie Royale de Belgique, Bulletins de la Classe des Lettres et des Sciences Morales et Politiques et de la Classe des Beaux-Arts, 1907, páginas 926, 928.
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(63) «La nueva expansión comercial fue muy ventajosa para los Países Bajos. Esto no fue coincidencia. Los contactos entre España y los Países Bajos habían dado origen a una sólida unión dinástica, respaldada por el creciente consumo de lana, española por la industria textil de los Países Bajos. Los metales preciosos del Nuevo Mundo comenzaron a desempeñar un papel dominante en la política mundial de los Habsburgo a partir de los años treinta. Puesto que su financiación se basaba en buena medida en el mercado monetario de Amberes, esto supuso un estímulo adicional. En 1539 la economía de los Países Bajos estaba tan fuertemente ligada a España a través de Amberes que Van der Molen escribió, durante la crisis causada por la devaluación: "si no llegan pronto grandes pedidos desde Italia o España, la mayor parte de los pañeros flamencos irán a la quiebra"». Van der Wee, The growth ol the Antwerp market and the European market, II, p. 178.
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(65) Geoffrey Barraclough, The origins of the Germany, Oxford, Blackwell, 1962, p. 352.
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(66) Amberes padeció también grandes tensiones sociales durante la primera mitad del siglo XVI, es decir, durante la era de Carlos V, aunque aquí las principales quejas parecen venir de los trabajadores urbanos, que sufrían los problemas de un retraso de los salarios que no se superaría hasta 1561. Véase Charles Verlinden, «Crises économiques et sociales en Belgique à I'époque de Charles Quint», Charles Quint et son temps (Colloques Internationaux du CNRS, París, 30 de septiembre-3 de octubre de 1958), París, CNRS, 1959, esp. p. 183. No hubo sin embargo alzamientos políticos en Amberes en esta época, lo que quizá es una demostración de la hipótesis de Fanon de que los trabajadores urbanos acuden menos que los campesinos a los levantamientos espontáneos. Véase Frantz Fanon, The wretched of the earth, Nueva York, Grove, 1966, pp. 85-117.
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(67) Citado por A. J. P. Taylor, The course of German history, Londres, Hamilton, 1945, p. 163. Véase Hurstfield: «La Reforma protestante, que po dría haber unido a Alemania contra el Papa, dividió a Alemania contra el Emperador.» New Cambridge Modern History, III, p. 130.
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(68) Friedrich Engels, The peasant war in Germany, en The German revolutions, Chicago (Illinois), Univ. of Chicago Press, 1967, passim.
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(69) Tawney, The agrarian problem, p. 347.
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(70) Taylor, The course of German history, p. 162.
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(71) Pierre Chaunu, «Séville et la "Belgique", 1555-1648», Revue du Nord, XLII, 1960, p. 269. Añade: «¿Hemos prestado suficiente atención al hecho de que esta supuesta división es en realidad una multiplicación? ¿Hemos advertido en qué medida los Estados de Felipe II después de 1560 eran, pese a las impresiones dadas por los historiadores demasiado atentos tan sólo a Europa, inconmensurablemente más vastos que el imperio de Carlos V antes de 1540, es decir, antes de los cambios fundamentales causa dos por América?
»Una vez que se acepta este planteamiento, la partición de 1555-1559 se sitúa en su verdadera perspectiva. Carlos V no consideraba a su hijo incapaz de continuar en Europa las tareas que él había comenzado. Parecía imposible mantener unidos Estados incluso más vastos, incluso más numerosos, que se extendían más allá de los mares, dentro de un mundo que, medido en términos de sufrimiento, fatiga y tiempo humanos, estaba mucho más próximo a un cosmos que a nuestro muy pequeño planeta del siglo XX [...] Es el impulso de América, al final de la conquista lo que rompe el imperio de Carlos V o, más precisamente, lo que lo reconstruye en torno a su eje de alimentación, el tráfico entre Sevilla y el Caribe» (páginas 270-271).
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(72) «El imperialismo de Carlos V, a diferencia del de su hijo, era ante todo un imperialismo basado en Europa. Entre los territorios europeos de Carlos estaban los Países Bajos e Italia, que soportaron el peso del gasto imperial durante la primera mitad de su reinado. Pero según fueron viéndose exprimidos hasta quedar secos, Carlos se vio obligado a buscar en otra parte nuevas fuentes de ingresos [...] [Después de 1540] las contribuciones financieras de España -lo que significaba esencialmente Castilla- asumieron una importancia continuamente creciente en relación con las de los Países Bajos [...]
»El fracaso del Emperador en extraer mayores contribuciones financieras de la Corona de Aragón le hizo depender crecientemente, de forma inevitable, de los recursos fiscales de Castilla, donde las Cortes eran mucho menos poderosas, y donde existían numerosas e importantes fuentes de ingresos fuera del control de las Cortes.» Elliott, Imperial Spain, páginas 197, 199.
«Carlos V, ante el tormento de la penuria, perpetua como el infierno, sabía que la economía era la sierva de sus designios, pero no tuvo a su alcance una política congruente con la hegemonía española que él lleva a su cenit; una política nacional, ni él ni los castellanos llegaron a vislumbrarla siquiera; sus poderes no eran tan recios como altivos sus ideales, y, caso de haber concebido una política adecuada, que en la órbita imperial llegó a ofrecerle Gattinara, es problemático que, dadas las circunstancias imperantes, la hubiese podido desarrollar. Causas múltiples de acción insobornable dejaron a Castilla empobrecida mientras llegaban, y pasaban fugitivos, los tesoros más cuantiosos de la economía moderna». Ramón Carande, Carlos V y sus banqueros: la vida económica en Castilla (1516-1556), 2ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Sociedad de Estudios y Publicaciones, 1965, I, p. 140.
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(73) «[Podemos plantearnos] la importante pregunta de si este torbellino de los precios sacudió a los Estados del Mediterráneo o a sus aledaños más o menos que a los otros. La afirmativa nos parece probable en lo que se refiere a España; particularmente si pensamos en los enormes gastos que la guerra impone al vasto imperio.» Braudel, La Méditerranée, I, página 486.
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(74) «Dentro del imperio se puede ver otro movimiento [...] el aislamiento respecto a Europa de Castilla, cuya prosperidad se verla finalmente arruinada por la "traición" de los otros miembros del imperio y por la multiplicidad de cargas que, a causa de este aislamiento, iban a caer finalmente sobre ella.
»Se puede advertir un fenómeno análogo en América, donde los dinámicos sectores mineros de México y el alto Perú se hundieron finalmente bajo las exigencias rápidamente crecientes de una periferia cada vez más deficiente financieramente. Es como si los bordes, dispuestos a separarse del cuerpo principal, se hicieran extremadamente pesados, como si el costo de la cohesión del imperio, al pasar la economía de la expansión a la contracción a largo plazo, creciera desproporcionadamente para la unidad de cohesión y de dominación, Castilla en un caso, las regiones mineras de México o del alto Perú en el otro. Esto es cierto hasta tal punto que cuando, en el siglo XVIII, la periferia flamenca e italiana se separa de Castilla, ello provoca un renacimiento económico en esta última, al descargarla del peso de la cohesión imperial en la que había ter- minado por agotarse sin beneficio para nadie [...]
»Para Castilla, sus prolongaciones mediterráneas, elementos dinámicos en la primera mitad del siglo XVI, se convirtieron gradualmente, a comienzos del XVII, en elementos pasivos por los que era preciso pagar, mantenidos por medio de soldados y dinero, siempre dispuestos a rebelarse (como Aragón en 1640) cuando se les pedía un esfuerzo adicional para la defensa común». Chaunu, Séville, VIII (1), pp. 248-249.
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